El elixir de la juventud

El estudio más reciente compara un grupo de roedores que comían lo que querían con otro que comían un 30% menos calorías.
El estudio más reciente compara un grupo de roedores que comían lo que querían con otro que comían un 30% menos calorías.Alexas / Pixabay

A alguien que va a cumplir 60 años, como quien suscribe, le empiezan a interesar las fórmulas para volver a los 50 y paliar así las servidumbres de la edad tardía, como el infarto, el ictus, el cáncer y las enfermedades neurodegenerativas; que, al final, son las que se nos llevan a casi todos por delante en el mundo desarrollado (en los países pobres la gente suele morirse de otras cosas antes de llegar a esa edad).

La vejez no es una enfermedad, pero es la madre de todas ellas. Los humanos no estamos hechos para vivir 90 años, sino 45, que era la esperanza media de vida desde el paleolítico hasta principios del siglo XX. La duplicación de esa cifra en los países desarrollados se ha debido al saneamiento de las aguas, las vacunas y los antibióticos, es decir, a la victoria sobre las enfermedades infecciosas. Los genes que promueven el alzheimer, el cáncer y el infarto no han sido eliminados por la selección natural, por la sencilla razón de que casi nadie cumplía la edad a la que esos genes se hacen notar. Así que Darwin no nos puede ayudar a conseguir una vejez saludable.

Pero hay un truco bien simple para engañar a Darwin: pasar hambre (restricción calórica, en la jerga). Consiste en comer poco, y cuando digo poco quiero decir francamente poco, un 30% menos de lo que te aconsejaría cualquier dietista, aunque con un cuidado exquisito para no incurrir en nefastas deficiencias de nutrientes esenciales, unas deficiencias que te matarían mucho antes de que notes los beneficios de la frugalidad. Hecha esta salvedad, no es exagerado decir que la restricción calórica es el elixir de la juventud.

En humanos no hay evidencias de que el hambre alargue la vida, pero sí de que los efectos de la vejez se pueden retrasar

Tiene gracia que conozcamos ese elixir desde 1935, y aún más gracia que su descubridor fuera un profesor de ganadería, Clive McCay, de la Universidad de Cornell en Ithaca, estado de Nueva York. Haciendo pasar hambre a sus ratas, pero añadiendo vitaminas y minerales a su penuria calórica, McCay las hizo vivir cuatro años en vez de los tres habituales. En las últimas décadas, los científicos han demostrado que la restricción calórica aumenta la vida de levaduras, gusanos, insectos, ratones y perros. En humanos no hay evidencias sólidas de que el hambre alargue la vida, pero sí de algo mucho mejor: de que los efectos de la vejez se pueden retrasar. O incluso revertir, como puedes leer en Materia, en la investigación más avanzada que se ha hecho sobre el asunto en ratas.

Luchar contra el paso del tiempo parece un sueño estúpido. El reloj hace que el hierro se oxide, que las baterías se sulfaten, que las montañas se erosionen y que los continentes se muevan. El envejecimiento de las cosas está en su naturaleza. Pero los seres vivos somos un tipo especial de cosas. Las moscas y las tortugas están hechas de los mismos materiales —proteínas, ácidos nucleicos, grasas, metabolitos— y sin embargo una tortuga vive 200 años, mientras que una mosca se muere de vieja a las cuatro semanas de vida. En los sistemas biológicos, la vejez no es una mera consecuencia del paso del tiempo, sino un programa genético. Algún día sabremos cómo alterarlo. Entretanto, coma poco.

* LA CIENCIA DE LA SEMANA es un espacio en el que Javier Sampedro analiza la actualidad científica. Suscríbete a la newsletter de Materia y lo recibirás cada sábado en tu correo, junto con una selección de nuestras mejores noticias de la semana.