Cerrar los ojos al besar: ¿gesto romántico o científico?

El ser humano es uno de los pocos animales que utilizan el beso como signo de afecto o para saludarse. De hecho, ni siquiera en todas las culturas se utiliza, y menos aún el beso en los labios como muestra de amor romántico. Y precisamente como una prueba de amor romántico cerramos los ojos al besar a la persona amada, ya sea en los besos tiernos o en los más apasionados.

Pero, ¿por qué lo hacemos? ¿Es realmente una prueba de amor, algo que hemos automatizado de tanto verlo en las películas de Hollywood durante décadas o, simplemente, un acto reflejo que responde más a motivos científicos?

En torno a por qué cerramos los ojos cuanto besamos han existido varias teorías. Una de ellas afirma que, cerramos los ojos de forma automática porque, al aproximarnos a la persona que vamos a besar, perdemos el foco de visión. Otra, sin embargo, se decanta por la libertad y desinhibición que sentimos al cerrar los ojos, y no pensar que nos estén mirando. Esto haría que nos relajemos y disfrutemos más de este momento íntimo.

Sin embargo, la teoría científica más reciente y que parece ser más acertada es la que afirmaron un grupo de científicos al realizar el estudio “La percepción humana y su rendimiento”, cuyas conclusiones publicaron en el Journal of Experimental Psychology en 2016. Este estudio, llevado a cabo por psicólogos de la escuela Royal Holloway de la Universidad de Londres, estudió la capacidad que tiene el cerebro de recibir y gestionar diferentes estímulos sensoriales a la vez, y llegó a la conclusión de que cerramos los ojos al besar de forma automática para centrar toda nuestra atención en el acto del beso y con esto evitar otras distracciones procedentes de otros sentidos.

Para llegar a esta conclusión, los autores del estudio investigaron a un grupo de personas de entre 18 y 36 años, y les sometieron a la poco romántica tarea de realizar unos juegos con cartas mientras recibían vibraciones en una de sus manos. Según este experimento, cuando los sujetos se enfrentaban a una tarea complicada, los estímulos procedentes de las manos interferían en la realización de la tarea impidiendo que esta se lleve a cabo con éxito o tan bien como debería. Es decir, que recibir dos estímulos a la vez hacía menos eficiente al cerebro.

La clave está, por tanto, en el funcionamiento de este órgano, al que le resulta difícil procesar un sentido si está recibiendo un estímulo visual al mismo tiempo, ya que la vista es el sentido del que más dependemos y por el nos llega aproximadamente el 80% de la información que percibimos. En este caso, por tanto, ‘anular’ el sentido de la vista cerrando los ojos cuando besamos es esencial para centrarse en lo que realmente importa en ese momento, que es disfrutar del beso lo máximo posible. A más estímulo visual, menos sensibilidad táctil, y como el campo visual anula las respuestas táctiles y nos hace menos sensibles, actividades como besarse o tener sexo son actividades que necesitan que sentido del tacto esté al 100% para que sean más placenteras.

Aunque no sea tan evidente, los sentidos del olfato y del oído también quedan parcialmente ‘apagados’ cuando besamos para centrarlos en el del tacto, “la conciencia táctil depende del nivel de carga perceptual que realiza en simultáneo, como sería abrir los ojos”, explicaron Polly Dalton y Sandra Murphy, psicólogas participantes en el estudio.

Además, el poder de ‘distracción’ de la vista está por encima de cualquier otro sentido, por ello, “cuando se omiten los impulsos visuales, se aprovechan más los recursos cerebrales para centrarse en otra cosa”. Y esto es algo que no sólo nos ocurre cuando besamos porque ¿cuántas veces has cerrado los ojos para escuchar con atención una melodía, un sonido bonito, para relajarnos o incluso para bailar?