Armas del siglo XIX contra la pandemia del XXI

En la imagen actual, enfermeras de la Fundación Jiménez Díaz de Madrid. En la otra, un grupo de mujeres pertrechadas con mascarillas durante la epidemia de gripe de 1918, en Brisbane (Australia).
En la imagen actual, enfermeras de la Fundación Jiménez Díaz de Madrid. En la otra, un grupo de mujeres pertrechadas con mascarillas durante la epidemia de gripe de 1918, en Brisbane (Australia).Europa Press / Museo Nacional de Australia

La última gran pandemia de gripe sucedió en 1968 y mató a un millón de personas. Muchas de las víctimas del actual Covid-19 la vivieron. “Qué triste es que a pesar de todos los avances médicos que se han logrado desde entonces […] los tratamientos que podemos ofrecerles a los pacientes en muchas zonas donde golpea la Covid-19 son los mismos que habríamos aplicado hace más de 50 años”, confiesan John Hick y Paul Biddinger, médicos expertos en emergencias médicas de las universidades de Minnesota y Harvard, en un reciente artículo publicado en una de las revistas médicas más prestigiosas del mundo.

Ambos se quedan cortos. Las principales armas con las que el mundo lucha hoy contra la pandemia de coronavirus se remontan al siglo XIX . Al contrario de lo que pueda pensarse, no hay razón para dejar de usarlas.

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La primera pandemia del siglo XXI también la ocasionó un coronavirus —el SARS— que fue el primer gran virus impulsado por la globalización. Saltó a los humanos desde las civetas y otros mamíferos vendidos en mercados húmedos de China. El virus se expandió por el mundo a bordo de vuelos comerciales, llegando a 29 países. Durante el año y ocho meses que duró la epidemia se confirmaron más de 8.000 infectados y casi 800 muertes. Son cifras que en enero —hace apenas dos meses— estaban aún lejanas y que ahora han quedado atrás como algo prácticamente insignificante. Solo en España la Covid-19 mata a más personas cada día que el SARS en toda su historia.

Contra el SARS “los Estados aplicaron medidas del siglo XIX, como el seguimiento de los contactos de cada infectado, la cuarentena y el aislamiento social”, recuerda el médico japonés Shigeru Omi, jefe de la OMS en Asia durante la pandemia, en un libro sobre cómo se consiguió acabar con aquel virus.

También se desplegaron por primera vez medidas del siglo XXI, como la secuenciación genética del virus. Se identificó al virus responsable de la epidemia, pero “no añadió nada substancial a la contención, sobre todo porque escaseaban los test diagnósticos”. En conjunto el papel que jugó esta “ciencia del siglo XXI” en la contención del patógeno “fue menor”, explica el volumen, editado por la OMS.

Aunque el desenlace de la actual pandemia es imposible de conocer, todo apunta a que también ahora serán las medidas clásicas las que acaben con la epidemia, reconoce el enfermero Luis Encinas, que trabaja para Médicos sin Fronteras (MSF) desde 1994 y ha vivido algunas de las peores epidemias de ébola en África. Ahora forma parte del consejo asesor de MSF contra la Covid-19. “Por ahora no hay otra forma de contener al virus, no tenemos otras medidas a corto plazo”, explica. “Pero ni siquiera el aislamiento será suficiente. Es como si para evitar un tiroteo te tiras al fondo de una piscina. Te puede salvar, pero si siguen las balas mucho tiempo tienes que salir de nuevo y actuar”. El enfermero echa de menos que ni España ni muchos otros países tuvieran ya lista una estrategia a seguir en caso de pandemias con medidas de actuación a corto, medio y largo plazo.

“Esta vez hemos tenido suerte”, rezaba otra de las grandes lecciones que la OMS sacó de la epidemia de SARS. Contener el virus fue mucho más fácil que en la actualidad. Los infectados solo eran contagiosos una vez comenzaban los síntomas, sobre todo la fiebre, por lo que se les podía identificar con un simple termómetro, y la expansión del virus pudo contenerse ingresándoles y poniendo en cuarentena a sus contactos. “El patógeno se movía mejor dentro de los hospitales que fuera, por eso fue más fácil contenerlo”, recuerda Isabel Sola, microbióloga del Centro Nacional de Biotecnología (CNB-CSIC). “Además se identificó pronto al animal que había originado la zoonosis y se evitaron los contactos con humanos de forma radical”, recuerda.

La otra tecnología más necesaria en estos momentos, los test rápidos de anticuerpos, tampoco son tecnología punta del siglo XXI, sino que solo requieren métodos que se perfeccionaron en el siglo XX. “Lo único necesario para hacer un test rápido es tener la capacidad de crear una tira, un soporte físico sobre el que poner el fluido y que indique si hay infección, algo al alcance de muchas empresas biotecnológicas”, explica Sola.

Los infectados de SARS-CoV-2, el nuevo coronavirus, pueden pasar días, incluso semanas sin ningún síntoma. Durante ese tiempo pueden diseminar el virus allí donde van. Estos infectados nunca detectados por las autoridades probablemente explican la rapidísima expansión de la pandemia en China, Italia y España, y muestran lo difícil que será contenerla.

Para algunos expertos lo más probable es que esta epidemia no logre pararse antes de que el virus haya contagiado a en torno al 60% de la población. La estrategia que ahora siguen países como España es intentar que esas infecciones no sean de golpe, sino a lo largo de meses, para evitar el colapso total de los hospitales. Mientras, las viejas medidas del XIX siguen salvando vidas. Una proyección matemática del Imperial College de Londres calcula que las medidas de aislamiento han salvado 16.000 vidas solo en España; casi 60.000 en toda Europa, aunque los márgenes de error son elevados.

“Nuestras mejores armas siguen siendo el seguimiento de todos los contactos que ha tenido un infectado, aunque humanamente es muy difícil hacerlo sin alta tecnología”, opina Ildefonso Hernández, portavoz de la Sociedad Española de Salud Pública. “En cualquier caso, las grandes aportaciones científicas y tecnológicas que se consigan, como los tratamientos y las vacunas, solo estarán disponibles con suerte para la próxima oleada de coronavirus”, resalta.

Las pérdidas globales por una pandemia alcanzan los 60.000 millones de euros anuales, mientras que estar preparado para combatirla a nivel internacional costaría solo unos 4.500 millones.

El nuevo coronavirus se extiende tan rápido y hay tantas personas sospechosas de infección que es imposible trazar su expansión a mano como hasta ahora. Investigadores de la Universidad de Oxford han desarrollado un modelo matemático que apunta a que hasta la mitad de los contagios por Covid-19 se deben a individuos no diagnosticados y sin síntomas aparentes. El número coincide con lo observado en Singapur (42%) o China (62%). La única forma de doblegar a un virus así de invisible es usando un sistema automático que calcule cuánta gente estuvo cerca del infectado durante días gracias a los dispositivos GPS de los móviles, explican esta semana en Science. Esto sería a costa, claro, de su privacidad y de su libertad individual, pues de forma obligatoria tendrían que hacer cuarentena, según explican. Y eso sin tener en cuenta las trabas burocráticas y legales que podrían evitar que se aplique algo así en España.

El aparente éxito de países como China, Corea del Sur o Singapur en frenar el SARS-CoV-2 se explica en parte porque después del SARS y del MERS, otro coronavirus que saltó de camellos a humanos en 2012 y sigue activo, sabían que había que actuar deprisa. Pero el caso más paradigmático en el sudeste asiático es el de Vietnam, un país con menos recursos, que en febrero anunció haber contenido la pandemia. Todos los infectados se curaron. No murió ni un solo habitante. Pero fue una victoria pírrica que presagia lo que les puede pasar a muchos otros países a partir de ahora. A principios de mes el país reconoció 35 nuevos casos, todos importados por avión y los últimos datos indican que tiene ya 154 casos activos. Vietnam fue uno de los países que más rápido y más decididamente actuó contra el SARS en 2003. Habían aprendido la lección.

Desde la epidemia de SARS, la OMS no se ha cansado de advertir al mundo de que tal vez en la próxima no haya tanta suerte. En su último informe sobre el nivel de preparación mundial ante pandemias, de 2019, alertaba: “El mundo no está preparado para una pandemia vírica respiratoria de rápida expansión”. “La gripe de 1918 enfermó a un tercio de la población mundial y mató a 50 millones de personas. Si una pandemia similar ocurriese hoy, con una población cuatro veces mayor que la de entonces y con unos tiempos de viaje a cualquier punto del globo de menos de 36 horas, podrían morir hasta 80 millones de personas”.

En términos económicos es muy rentable estar preparado. Las pérdidas por una pandemia alcanzan los 60.000 millones de euros anuales, según uno de los mayores paneles de expertos internacionales en el tema, reunidos en 2016 por la Academia Nacional de Medicina de EE UU. Mientras, estar preparado a nivel internacional costaría solo unos 4.500 millones de euros al año. Sería un dinero bien gastado, argumentan, pues permitiría no solo atajar virus emergentes, sino también combatir la resistencia a antibióticos, un problema que puede devolvernos a la Edad Media más rápido de lo que pensamos.

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