¿Por qué es tan importante para los niños jugar con otros niños?

Hoy en día nadie pone en duda el importante papel que el juego tiene en la vida de cualquier niño. «El juego no sólo les da bienestar y felicidad, sino que tiene una función muy importante para ellos en su desarrollo armónico, físico, social y ético-moral. Se aprende a respetar las normas, a ponerse en el lugar del otro y a contar con los demás. Se aprende a ser ciudadano», afirmaba hace algunos años Petra María Pérez Alonso-Geta, catedrática de Teoría de la Educación de la Universidad de Valencia y miembro del Observatorio Infantil del Juego en declaraciones para el diario El Mundo.

Esta profesora, además, lideró en 2012 el estudio Juego y Familia, que determinó que – en la mismísima era de los videojuegos y las consolas- la actividad favorita de los niños en su tiempo libre sigue siendo la misma de antaño: jugar con otros niños. El porcentaje alcanzaba casi el 90 por ciento.

Pero más allá, de la necesidad innata de los propios niños por alternar con sus semejantes, ¿por qué tiene tanta importancia para su desarrollo jugar con otros niños?

“La relación de los niños con sus iguales es muy importante sobre todo porque provoca una estimulación natural que es necesaria para el sistema nervioso. Al final, nuestro desarrollo está mediado por la relación con los demás. Una parte viene dada por la relación con los propios padres y otra gran parte por la relación con otros niños. Todo ello hace que tengamos unas redes de estimulación, somos seres sociales por naturaleza y eso provoca un desarrollo sano del cerebro”, nos explica la psicóloga y doctora en neurociencia Ana Asensio.

Para la experta, especializada en niños y adolescentes así como en desarrollo evolutivo, los pequeños solo pueden aprender determinadas conductas relacionándose con los otros: “Relacionarse y jugar con otros niños les ayuda a conocer sus límites con los iguales, a ensayar para vivir y a aprender por observación e imitación, tanto lo positivo como lo negativo: aprendes cuando un niño se equivoca y en clase alguien le puede regañar o u cuando a un hermano le dice algo el padre”.

Aunque, sobre todo, relacionarse con otros niños produce satisfacción: “Esa necesidad viene en el gen. Las relaciones son indispensables para nuestra felicidad a pesar de que, en ocasiones, también implican un montón de jaleos”, añade.

Según los especialistas, alrededor de los tres años los niños son más conscientes del lugar que ocupan en el mundo y comienzan a demostrar la necesidad de tiempo y espacio para relacionarse.

¿Cuándo debería preocuparnos verdaderamente que el pequeño no socialice? “Un niño con un desarrollo sano va a tener un interés innato en desarrollarse y jugar. Otra cosa es que haya un estilo de personalidad más inhibido: hay niños más selectivos que no en todos los entornos se encuentran igual o que a lo mejor estén más cerrados en la tecnología, y en ese caso son niños que la nutrición social la necesitan en menor medida o la ensayan menos. Pero por el hecho de ir al colegio, estar en el patio o en el parque ya te relacionas y hay una estimulación”.

Por el contrario, cuando existe algún trastorno de espectro autista, alteración del lenguaje o algún tipo de discapacidad conviene potenciar de alguna manera esa socialización: “Hay que ayudar al niño con una intervención, hablar con el colegio, ayudarle y procura que el niño tenga la posibilidad de relacionarse con el resto porque muchas veces esa interacción no se produce porque no tienen la oportunidad. Por eso hay que buscar un entorno que lo facilite”, explica Asensio.

Para la psicóloga es importante, a partir de una determinada edad, dejar a los niños total libertad para relacionarse entre ellos: “Cuando los niños tienen dos o tres años pueden jugar juntos pero siempre es necesaria la supervisión de un adulto: por la edad, porque no conocen el peligro ni los límites, porque no entienden lo que es compartir y a veces pueden montar un follón por un juego o simplemente para proponer algo. A partir de los cinco o seis años, con cierta supervisión, los niños pueden jugar solos libremente y si ninguno de ellos tiene ninguna dificultad no hace falta que medie un adulto. Ellos solos, una vez que enganchan entre ellos, no necesitan a los mayores”.

Que el niño prefiera para sus juegos y relaciones a otros mayores tiene que verse con total naturalidad: “Es lo más normal del mundo porque hasta una determinada edad suelen tener como modelo a seguir al adulto y luego, a los niños mayores. Lo general es que entre un igual y un niño dos o tres años mayor prefieran al mayor por sus competencias cognitivas, porque les guía, por lo que les enseña… Es algo absolutamente normal siempre y cuando no se convierta de algo excluyente de los iguales”.

La psicóloga señala que durante el confinamiento muchos padres de hijos únicos han manifestado su preocupación por la repercusión de esta situación en la sociabilidad del niño: “Para un niño con desarrollo sano esto podría equipararse a irse con sus padres de viaje una temporada larga. El confinamiento, además, ha permitido hacer llamadas, videollamadas con amigos, abuelos, familiares… Ahora, si el niño a raíz de esto ha decidido tomar una conducta de encerrarse y no querer salir es importante abordarlo porque está claro que hay algún motivo debajo. Habría que ver si esta conducta tiene que ver con algún miedo o con que han hecho tanto vínculo en casa que no les apetece de algún modo que la situación cambie”.