Objetos de apego: ¿por qué son tan importantes para el niño? ¿Qué función juegan en el desarrollo del bebé?

Puede ser un peluche, una manta, un trapito o cualquier otra cosa pero siempre cumple la misma función: proporcionar al bebé o al niño la misma sensación de seguridad, cariño, confort y protección que le ofrecen sus propios padres. ¿Por qué muchos pequeños se encariñan con determinados objetos de los que nunca se separan? En este artículo resolvemos todas las dudas sobre los llamados objetos de apego u objetos transicionales.

En psicología un objeto transicional o de apego es un objeto material que el bebé o niño elige libremente y que se convierte en una especie de compañero fiel. Siempre está a su vista y alcance y le acompaña la mayor parte del tiempo: se lo lleva de paseo, en los viajes, a la guardería y, sobre todo, a la cama, dónde le ayuda a conciliar el sueño. Su cariño por él es infinito y el vínculo emocional que establece con él también.

El concepto del objeto de apego o transicional fue acuñado por primera vez por el pediatra y psicoanalista inglés Donald Winnicott (1896-1971), quien explicó que su función es, al mismo tiempo, objetiva y subjetiva. Objetiva porque se trata de un objeto que existe, que es real, pero también es subjetiva porque se le atribuyen funciones en el campo de la imaginación del propio niño.

El objeto de apego representa en realidad el apego que el bebé siente por sus padres, sobre todo por su madre, y por tanto, al asociarlo a ella, suele buscar texturas agradables, blandas y suaves: por ejemplo un peluche, un muñeco, una mantita, un trapo, una gasa, una almohada…

El objeto de apoyo cumple una función psicológica muy importante para el bebé o el niño: le hace compañía, le transmite seguridad, le hace sentirse protegido, le ayuda a dormir y es, además, una fuente de placer.

Ese juguete u objeto refuerza la relación afectiva que el bebé tiene con sus padres, sustituye poco a poco la seguridad y el placer que le brinda estar siempre en sus brazos; y disminuye los niveles de ansiedad que se generan cuando el niño, por el motivo que sea, tiene que estar separado de ellos y se siente solo; o bien cuando el bebé empieza a darse cuenta que es un ser independiente a su madre, es decir, cobra conciencia de la separación.

No todos. Hay bebés que no sienten apego por ningún objeto porque, sencillamente, el objeto transicional es su propia madre o la persona que se ocupa de ellos. Por regla general, el niño adopta este objeto entre los cuatro y los seis meses y lo irá abandonando de forma progresiva hacia los tres o cuatro años, según vaya haciéndose más independiente, adquiriendo madurez psicológica y biológica y, a su vez, tenga más control sobre la angustia por separación y más autonomía y capacidad para socializar con sus iguales.

Si más allá de esa edad se sigue mostrando especial cariño por un objeto tampoco hay que alarmarse ya que forma parte de su desarrollo psíquico siendo incluso probable que una vez aparcado este objeto se vuelva recurrir a él debido a algún acontecimiento o cambio importante: una mudanza, el nacimiento de un hermanito, el inicio de la etapa escolar…

En ocasiones, los niños también pueden convertir al chupete en su objeto de apego, algo que les tranquiliza más allá de satisfacer su necesidad de succión; o simplemente realizan una acción o conducta transicional como cantar, hacer un sonido repetitivo, chuparse el dedo o acariciarse el pelo antes de dormirse.

Es el propio niño quien va a decidir qué juguete u objeto va a convertirse en su pequeño ‘tesoro’. Los padres nunca se lo podrán imponer solo presentarle diversas opciones para que él escoja su preferida y la convierta en algo especial y en su compañero inseparable.

Dos de los grandes interrogantes sobre los objetos de apego. El olor es parte del encanto y del secreto de su éxito. El bebé lo muerde, lo babea, lo arrastra, lo abraza, duerme con él… y todo esto lo impregna de un olor característico que también ayuda a consolarle y tranquilizarle. Si estuviera demasiado sucio y no quedase otro remedio, se recomienda lavarlo cuando el niño no esté presente.

En el caso de que se pierda, los expertos aconsejan no reemplazarlo por otro nuevo inmediatamente, si el niño ya es consciente de lo que ha pasado. Es mejor intentar ayudarle a buscarlo y apoyarle en este proceso, para que tenga claro que sabemos todo lo que representa para él. Solo el niño puede decidir sustituirlo por otro.

Lo ideal es que este proceso lo inicie el propio niño de forma natural. Los padres nunca deben intentar acelerarlo por su cuenta ni escondérselo o quitárselo. Desprenderse de su objeto o muñeco de apego conlleva un proceso de madurez para el que cada niño necesitará determinado tiempo. Él solo irá despegándose poco a poco y a los adultos solo les queda respetar que este objeto es muy importante para el pequeño y que ha establecido con él un vínculo afectivo muy potente.

Se recomienda también a los padres mantener una actitud ‘neutral’ hacia el objeto: ni fomentar demasiado el cariño del niño hacia él ni que tampoco perciba que a nosotros nos parece una tontería. Esta es la mejor manera de que el niño, por si solo, lo vaya aparcando de forma gradual para convertirse en un buen recuerdo.

El objeto de apego está presente, sobre todo, en la culturas occidentales. Cuando la separación de sus padres se produce de forma prematura antes de que los niños estén preparados para ello – y generalmente a causa de la reincorporación de ambos progenitores al trabajo- es normal que intente sustituir esa figura de apego (padres) por otro vínculo afectivo que le proporcione seguridad y confianza.

Sin embargo, en sociedades donde el contacto con sus figuras de apego es permanente y no existe separación es improbable que el bebé o niño sienta la necesidad de vincularse a un objeto.