“Los científicos habían dicho a los políticos hace mucho tiempo que esto iba a pasar”

Carlos Moedas, excomisario europeo de Investigación, Ciencia e Innovación.
Carlos Moedas, excomisario europeo de Investigación, Ciencia e Innovación.Jennifer Jacquemart / EU / Jennifer Jacquemart

Carlos Moedas (Beja, Portugal, 1970) ve en la diversidad el ingrediente fundamental de la innovación. Y ha predicado con el ejemplo. Entre 2014 y 2019 fue comisario europeo de Investigación, Ciencia e Innovación y tuvo entre sus asesores a Mariana Mazzucato, una profesora del University College de Londres con la que introdujo la idea de fomentar la innovación en Europa en torno a misiones, objetivos inspiradores, como reducir la demencia en un 50% o eliminar los plásticos de los océanos, que sirvan para ilusionar y aglutinar esfuerzos de distintos sectores en pos de grandes objetivos científicos y tecnológicos. Mazzucato es conocida también por sus críticas a los sueldos de los directivos de banca, que según ella acaparan beneficios que no les corresponden. Moedas trabajó en banca de inversión en Goldman Sachs después de graduarse en Harvard. “Fui banquero, me va a perseguir siempre”, sonríe, y defiende la función de la banca en la economía. “Mi amiga Mariana y yo no tenemos que estar siempre de acuerdo en todo”, afirma.

Tras dejar Bruselas, trabaja en Lisboa como administrador de la Fundación Calouste Gulbenkian desde donde sigue impulsando programas para fomentar la sostenibilidad, el conocimiento y la cohesión social. Este miércoles 17 de junio, en un evento virtual, participará en el acto de presentación del informe anual de la Asociación Española de Bioempresas (AseBio).

Pregunta. Hay mucha gente que puede tener la sensación de que los expertos han cambiado de criterio respecto al coronavirus a lo largo de la crisis o que no supieron preverla con antelación. Ahora, se pone la esperanza en que una vacuna llegue en meses aunque finalmente podría tardar años. ¿Cómo cree que va a salir parada la ciencia de esta crisis?

Respuesta. Los científicos habían dicho a los políticos hace mucho tiempo que esto iba a pasar. En 2014, cuando empecé en la Comisión, tuvimos la primera crisis del ébola. CEPI (Coalición para la Innovación y Preparación para las Epidemias, por sus siglas en inglés), una de las organizaciones que en ese momento nos ayudó muchísimo y que hoy es muy conocida, nos dijo que necesitaban al menos 1.000 millones al año para conseguir tener las vacunas y los tratamientos necesarios para futuras pandemias. Nosotros en la Comisión pusimos 200 millones, pero era muy poco.

La gente no creía que esto iba a pasar, pero los que sabían del tema de verdad, gente como Jeremy Farrar [director de Wellcome Trust], lo han dicho al menos desde 2015. Hemos intentado poner dinero, pero los Gobiernos no nos querían ayudar. Y con mucha pena miro hacia atrás y pienso que podía haber hecho más. Pero es injusto decir que los científicos no han avisado, los buenos lo han visto y lo han dicho.

P. ¿Pero quizá eran advertencias imprecisas, sobre una epidemia indefinida en el futuro y eso hace difícil que se tomen decisiones de inversión importantes?

R. También tiene que ver con que los científicos tienen un lenguaje muy diferente de los políticos. Los políticos funcionan con argumentarios de tres puntos y los científicos funcionan en iteraciones de iteraciones de una conversación y van al detalle. Muchas veces, muchos científicos no tienen la capacidad de transmitir de una forma simple y directa sus ideas y eso ha pasado muchas veces en la historia.

Los políticos pensaban ‘esto puede pasar, pero igual no, así que no voy a invertir ni mi tiempo ni mi capital político en algo que no sé si va a suceder’. Por eso es importante que la ciencia no sea solo de los científicos. La ciencia tiene que ser de todo el mundo, para que la gente vote políticos que tengan esa sensibilidad científica. Eso es lo que he dejado en la Comisión, la idea de las misiones científicas. Cuando John F. Kennedy dijo a los ciudadanos que iba a poner un hombre en la Luna, lo que ha salido de las misiones Apolo es mucho más que ir a la Luna, han sido los materiales, las innovaciones que hoy tenemos. La política necesita tener estas misiones de ciencia muy claras para que la gente lo pida y la democracia funcione, y pida científicos que sean también políticos.

P. Pero si miramos las encuestas de percepción de la ciencia de EE UU, España o Alemania, el apoyo de la ciudadanía a la ciencia en España no es muy distinto al de esos otros dos países donde la inversión es muy superior.

R. Yo pienso que son decisiones que se toman en un momento y son a largo plazo. Creo que EE UU ha cambiado mucho en los últimos 20 años. La decisión que hizo que el centro del mundo científico fuera EE UU se tomó en los años cuarenta, después de la Segunda Guerra Mundial, cuando el Institute of Advanced Studies (IAS) de Princeton recibía a los grandes científicos de Europa, muchos de ellos judíos o refugiados. En ese momento la elite de la ciencia pasó de Europa a EE UU. En el IAS se les daba el dinero y los científicos no tenían más directriz que hacer ciencia. Esa libertad ha creado esa potencia científica. Desafortunadamente, lo que ves ahora es el cambio político de los últimos 10 o 20 años. Si miras a los años cuarenta, cincuenta, la situación era otra.

Ahora hay una oportunidad para Europa. Los científicos muy buenos que están en China, EE UU o por todo el mundo miran a Europa como el único punto donde hoy tienes una protección de datos que te habla de la dignidad humana, es el único lugar que está trabajando en una estrategia de inteligencia artificial centrada en el ser humano. Francia ha lanzado hace dos años su estrategia inspirada en Comisión que se llama AI For Humanity. Hay una oportunidad para ese cambio. Europa siempre ha sido el centro del mundo cuando la ciencia ha estado en el centro.

P. La transformación digital ha producido una concentración de los recursos, de empresas que con relativamente poco empleados acaparan mercados enormes. ¿Cómo se puede lograr que el progreso científico y tecnológico no incremente la desigualdad?

R. En esta crisis veo dos tensiones, una positiva y otra que puede ser negativa. Una tiene que ver con esta fusión del mundo físico y del mundo digital. Es positivo que la educación hoy en Oxford o Cambridge permita que las clases en grandes aulas de 300 personas se puedan hacer online y el profesor sea más un tutor que está con el alumno orientando, enseñando de una forma diferente. Esto es la parte positiva, la fusión del mundo físico con el digital que nunca será del todo físico ni del todo digital.

La tensión más compleja es la que hay entre la libertad y el control. Aquí veo una oportunidad en Europa. Hay países que están utilizando esta crisis para aumentar el control y utilizando el Estado controlador como el centro de sus estrategias. Después, tenemos otros que ven la oportunidad de que sea el ciudadano el que ostente el poder en lugar del Estado. El problema es que el ciudadano para ejercer el poder tiene que entender cómo va a ejercerlo y cómo se puede canalizar ese poder. No todos podemos gobernar un país, tenemos que tener una gobernanza, instituciones para gobernar un país. Pero los Gobiernos van a tener que escuchar mucho más a las personas en el día a día en este mundo digital.

Europa, creo, va a ser un ejemplo porque nos vamos a centrar más en el ciudadano que en el Estado. Un ejemplo es el seguimiento de casos de la covid. En China u otros países, el Estado te pone una app y va a ver dónde estás, qué haces, lo que sientes, si tienes fiebre… En Europa no se va a hacer así y si lo haces será voluntario.

Yuval Harari decía el otro día que si vamos a pasar de controlar dónde estás, pero también lo que sientes, vamos a pasar de un control por encima de la piel a un control dentro de tu piel. Y eso es muy peligroso. Pienso que esa tensión es peligrosa y en Europa hemos luchado contra los Estados controladores, aunque aquí también tengamos algunos. Pero seguramente seamos el único lugar del mundo que discute libremente estos temas y quiere una política y una democracia más centrada en la persona y menos en un Estado todopoderoso.

P. En España en los últimos tiempos ha habido una preocupación creciente por la despoblación de muchas regiones y al mismo tiempo por la concentración de oportunidades laborales en las grandes ciudades y el coste creciente de la vivienda. ¿Cree que la tecnología puede ayudar a que se distribuya mejor la población?

R. Por un lado, lo digital te permite no pensar en la geografía. En Portugal, durante mucho tiempo, se decía “somos un país pequeño”, y yo pensaba “con lo digital no eres pequeño”. Mira a una empresa española como Zara, creada en un pueblo, que hoy es una de las mayores empresas del mundo. No estar en Londres o París no significa que no se pueda crear una multinacional y eso es por lo digital. Napoleón decía que la geografía era destino y hoy en día no es así.

Pero hay otro punto, y es que tú tienes en las ciudades algo único. Las ciudades tienen lo que Michael Polanyi en los años cincuenta llamaba el conocimiento tácito. Tú tienes conocimiento que puedes transmitir digitalmente, de ceros y unos, que tú puedes leer u oír, pero el ser humano es mucho más de lo que dice, lo que escribe o lo que lee, es la experiencia de estar con alguien. Y las ciudades tienen capacidad de tener grupos de personas muy diversas, que es el ingrediente fundamental de la innovación. Tú piensas de una manera, yo de otra, tú tienes una religión, yo tengo otra, tú vienes de un país diferente del mío y eso es la innovación. Pero eso tú no lo puedes tener ni digitalmente ni leyendo. Tienes que estar trabajando con esa persona, tener esa experiencia y eso lo ofrecen las ciudades.

El gran reto de los pueblos o de las pequeñas ciudades es conseguir atraer de cierta forma grupos de personas que tengan esa diversidad para poder innovar, para poder crear. Eso es un reto. Por un lado estás más libre con lo digital, no tienes que estar siempre en Madrid, pero por otro lado, si pasas todo el año en tu pueblo de 150 habitantes no es posible innovar. Tienes que experimentar.

Esto explica la polarización que vemos entre las ciudades, donde hay movimientos activistas que quieren más diversidad, que están en favor de la gente que se case con personas del mismo sexo, que vengan de donde vengan son bienvenidos y al mismo tiempo, en pueblos más pequeños, ves una resistencia a la diversidad, cuando esa diversidad es el ingrediente fundamental para el futuro. Y esa polarización me preocupa, porque las ciudades son cada vez más diversas y tolerantes en general mientras el interior, la provincia, está cada vez más cerrada. Tenemos que utilizar el digital para combatir eso, pero no es del todo fácil.

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