¿Cómo podemos diferenciar las pesadillas de los terrores nocturnos? Algunas pistas para ayudar a los padres

Ambos forman parte de las llamadas parasomnias y son un indicador del crecimiento y desarrollo psíquico normal de los niños, sin embargo, las pesadillas y los terrores nocturnos son dos cosas bien distintas con unas características y peculiaridades muy concretas. Reconocerlos y saber distinguirlos puede ayudar muchísimo a los padres para hacerles frente en el caso de que sus hijos los sufran en algún momento de su infancia.

Estos son algunos de sus principales rasgos:

– Son sueños ‘feos’ que producen sentimientos de mucha angustia y ansiedad.

– Se manifiestan en la fase REM del sueño, es decir, en horas tardías. Aproximadamente en la segunda mitad de la noche.

– Pueden durar más de diez minutos.

– Se puede despertar al niño con facilidad.

– El niño puede moverse en la cama e, incluso, hacer ruidos mientras sueña.

– El niño suele despertarse aterrado y también llorar. El consuelo de sus padres les ayuda mucho a calmarse.

– El mal rato puede prolongarse, incluso, después de despertarse.

– Al día siguiente es capaz de recordar lo que ha soñado o, al menos, algunos detalles.

Como explica la psicóloga Marí􏰅a Garc􏰅ía, de Blua de Sanitas, en sus pesadillas los niños manifiestan tensiones del día a día: desde una discusión que ha presenciado, a una escena que le ha impresionado, la ausencia de papá o mamá, una mala experiencia en el colegio o en el entorno familiar, e incluso, una situación tan atípica pero extremadamente intensa como la de la crisis sanitaria que hemos atravesado. “Pueden recordar lo so􏰀ñado de forma muy detallada, hasta el punto de creer que ha sucedido de verdad􏰄. Su periodo de máxima aparición se produce en el rango comprendido entre los 4 y los 8 años, en lo que se conoce como 􏰁la ‘edad de los miedos’.􏰄 Aunque van desapareciendo con la edad de forma natural”, señala la experta.

Algunas características que les definen:

– Son menos frecuentes que las pesadillas y se pueden resumir como episodios de miedo muy intenso e incluso terror que no están relacionados con un suceso determinado ocurrido durante el día ni con el contenido de un sueño.

– Afectan a los niños durante las primeras horas de sueño (fase no REM), es decir, en la primera parte de la noche.

– Suelen durar entre cinco y quince minutos aunque podrían prolongarse hasta una hora.

– El niño parece dormido y despierto al mismo tiempo, puede tener los ojos abiertos, murmurar, gritar, hablar, llorar, agitarse e incluso parecer que quiere huir de algo o alguien. De hecho, se suele mover muchísimo y puede levantarse estando dormido (con el riesgo de que se golpee).

– Hay una activación a nivel físico evidente: sudores, respiración acelerada…

– Suelen producirse entre el año y los ocho años, aunque también se dan en niños mayores.

– Varían mucho de un niño a otro, tanto en duración como en intensidad.

– Resulta muy difícil despertar al niño, casi imposible.

– Por regla general, no se recuerdan.

􏰁”Nos referimos a sueñ􏰀os ma􏰇s v􏰅ívidos y angustiosos”􏰄 distingue García, quien explica que “􏰁el sujeto permanece profundamente dormido, a pesar de llegar a tener los ojos abiertos o incluso a gritar o moverse􏰄. La duraci􏰂ón de estos episodios no suele superar los diez􏰈 minutos, aunque 􏰁es probable que se conviertan en una eternidad para los padres que acompa􏰀ñan al peque􏰀ño􏰄. Adem􏰇ás, por complicado que sea de creer, al despertar no recordará nada de lo sucedido”.

La realidad es que no hay una única causa clara detrás de los terrores pero:

– Algunos expertos los asocian al propio proceso madurativo del cerebro de los niños.

– Otras variables pueden ser el estrés o haber tenido fiebre.

– Lo importante es recordar que los terrores nocturnos no dejan secuelas. A pesar de que cuando los sufren parece que lo pasan terriblemente mal, los niños no van a recordar absolutamente nada.

Si no ha ocurrido ningún hecho estresante que haya podido dejar una huella profunda en el niño (separación o divorcio de sus padres, muerte de un ser querido…) se pueden tomar algunas medidas en las rutinas diarias para intentar reducir el nivel de estrés del niño:

– No realizar actividades demasiado excitantes en las horas previas a irse a la cama.

– Favorecer que el niño exprese sus sentimientos durante el día y se deshaga de las tensiones acumuladas.

– Evitar cenas abundantes o acostarse nada más cenar.

– Controlar qué tipo de contenidos ve el niño en la televisión o tablet.

– Controlar la temperatura de la habitación. Un exceso de calor puede provocar una peor calidad del sueño.

– Aligerar la agenda del niño: actividades que realiza a diario, extraescolares… quizás la carga es excesiva.

– Realizar alguna actividad relájate antes de irse a dormir: leer un cuento, hacer respiraciones o algún ejercicio de meditación…