Hidratar, limpiar, abonar… ¿para qué sirve y cómo se realiza una buena pulverización de las plantas?

Si hay algo esencial para la vida de una planta eso el agua. Casi el 90% de su composición es agua y de ella, sobre todo, se alimenta para mantener sus procesos vitales. Dentro de los sistemas de riego uno de los mas conocidos y utilizados es el de la pulverización. Es ideal, por ejemplo, para los semilleros, ya que evita que las plantas se remuevan con un chorro más fuerte y además humedece el sustrato en pequeñas cantidades.

Su función por excelencia, sin embargo, es la de mantener en óptimas condiciones las plantas de interior. Por un lado, la pulverización de forma regular y constante aumenta su grado de humedad. Por otro, ayuda a mantenerlas limpias del polvo y otros ácaros presentes en el interior de los hogares, algo que de otra forma – sin la presencia del agua de lluvia y el viento que sí tienen las plantas de exterior- sería imposible conseguir.

Pulverizando las plantas de interior evitamos, sobre todo, que las hojas superiores y sus flores se sequen. De esta manera les estamos aportando un extra de humedad y a la vez utilizando un sistema de riego muy delicado, tipo lluvia suave. Hay que tener en cuenta que la mayoría son plantas tropicales y subtropicales, acostumbradas a vivir en otros ambientes, por lo que la humedad tiene que ser siempre alta para ellas. La calefacción de las casas en invierno, por ejemplo, es un factor que provoca sequedad y puede afectarles.

Lo mejor para pulverizar las plantas de casa es utilizar un pulverizador – hay numerosos modelos a la venta en el mercado en los que se puede regular el nivel de intensidad de la salida de la gota- o, incluso, reciclar algún envase de spray que tengamos en el hogar. Son muy eficaces y nos permitirán llegar a todas las hojas sin problema, evitando que no se sequen, estén bien hidratadas y conserven todo su color.

Una de las recomendaciones más importantes es que el agua utilizada esté siempre tibia, ni muy fría ni caliente. Muchos expertos recomiendan dejar el agua reposar una noche o un día antes de su uso para conseguir esa temperatura ambiente y también para que los elementos que componen el agua, como el calcio, se depositen en el fondo y se evaporen el cloro y el oxígeno. Por regla general – aunque conviene preguntar siempre previamente en la floristería o vivero dónde se hayan adquirido- las plantas de interior pueden pulverizarse con frecuencia, tanto en los meses de verano como en los de invierno.

La pulverización resulta también un eficaz sistema para aplicar fertilizantes en las plantas diluidos en el agua. Podemos aplicar abonos con los que suministrarles los minerales necesarios para que crezcan fuertes y sanas. Y también podemos usar este método para prevenir y tratar la mayoría de plagas.

Si esta pulverización de insecticidas y fungicidas la realizamos en plantas de exterior conviene, por cierto, seguir dos consejos: realizarla en días nublados, o bien, cuando las plantas no reciban los rayos directos del sol; y sin viento. Si se va a realizar un tratamiento para proteger las plantas contra hongos o insectos no deseados conviene, además, que la gota que sale por el pulverizador sea pequeña para que la mezcla cubra lo máximo posible de una pasada y facilite una mayor concentración del producto en las zonas a proteger.

Muchas veces tanto el polvo de la atmósfera de nuestros hogares como el que se cuela del exterior o bien el agua con la que pulverizamos las plantas -que puede se dura y tener restos de cal-, dejan manchas sobre las hojas que a la larga se pueden acumular y deslucir el aspecto lustroso que deben tener.

Para solucionarlo podemos usar algún abrillantador de venta en tiendas especializadas que también se pulveriza sobre las hojas y dejará una película brillante. Existen también productos que además de limpiar estos restos de polvo y abrillantar las hojas aportan al mismo tiempo nutrientes como nitrógeno, fósforo y potasio en forma de abono foliar que absorben las plantas por sus poros. De esta manera conseguiremos, por un lado, que estén bonitas y por otro, sanas y vigorosas.