Ansiedad, baja autoestima, sensación de aislamiento o soledad… La cara b del uso (y abuso) de Instagram

Esta semana Instagram cumple diez años. La red social fue lanzada el 6 de octubre de 2010 como una nueva herramienta al alcance de cualquier persona con el fin de compartir fotografías. Una década después su ascenso es imparable. Hoy por hoy es la red social de moda, la más visual, cuenta con más de un billón de usuarios en todo el mundo (12 millones en España) y ha dado lugar a nueva nueva tribu, los instagramers, llamados a marcar tendencia, ser reclamo publicitario y adorados por millones de personas (desde las internacionales Chiara Ferragni a Kylie Jenner pasando por la española Dulceida).

Todo parecen ser virtudes en esta red social que ha hecho de la imagen su mejor arma. Nos permite seguir atractivos contenidos de personas o grupos con los que compartimos gustos o estilos de vida y, a la vez, ha democratizado el acceso de todos para mostrar experiencias e intereses a través de nuestras propias fotografías o vídeos. ¿Pero es oro todo lo que reluce? ¿Qué impacto psicológico puede producir entre los usuarios que suben y que ven sus contenidos?

Uno de los rasgos de esta red social que conviene tener más presente es que se trata de la herramienta con mayor éxito entre el público joven. Según el Estudio Anual de Redes Sociales (IAB Spain) el 40% de sus usuarios son jóvenes de entre 16 a 30 años, seguido muy de cerca por el 38% del grupo de entre 31 a 41 años. La presencia de mujeres es también más alta: un 58%.

A su vez, un estudio realizado en 2017 por la Royal Society of Public Health y la Universidad de Cambridge en Reino Unido determinó que “los jóvenes que pasan más de dos horas al día en redes sociales como Facebook, Twitter o Instagram son más propensos a sufrir problemas de salud mental, sobre todo angustia y síntomas de ansiedad y depresión».

En dicho estudio – que recogió el impacto de estas redes en una muestra de 1.500 británicos con edades comprendidas entre 14 y 24 años- se valoraron 14 factores, tanto positivos como negativos, y el resultado reveló que los jóvenes suspendían a Instagram en siete de estos aspectos. Según ellos mismos reconocieron, la red social afectaba negativamente a su autoestima (imagen corporaI), a sus horas de sueño y, por extensión, provocaba múltiples problemas derivados de dormir poco, y a su miedo a quedarse fuera de eventos sociales o lo que también se conoce por sus siglas en inglés FoMO (‘fear of missing out’ o ‘miedo a perderse algo’). Por otro lado, consideraban que fomenta el ciberacoso, que genera ansiedad, y en menor medida, síntomas depresivos y sensación de soledad.

Los responsables del estudio proponían, además, determinadas medidas que podrían ayudar a controlar algunos de estos efectos: como recibir una notificación de la aplicación por un exceso de uso, advertir por medio de un icono cuando una foto está manipulada o realizar campañas de formación en las escuelas sobre los riesgos que entrañan las redes sociales.

De lo que no cabe duda es de que Instagram fomenta la generalización de estándares de belleza y la creación de imágenes perfectas que en realidad no son ni tan reales ni tan comunes pero que pueden llegar a provocar – sobre todo en personas con baja autoestima o bien en jóvenes que todavía están desarrollando su personalidad – determinados trastornos relacionados con una sensación de exclusión, envidia, fobia social o aislamiento, trastornos de alimentación y otros relacionados con la ansiedad y la depresión.

Diversas investigaciones han corroborado que seguir y observar cuentas centradas en la apariencia física puede contribuir a la insatisfacción con el propio cuerpo, la interiorización de dichos ideales, el control de la delgadez y promover conductas de pérdida de peso y preocupación excesiva en torno a la dieta.

Además, Instagram invita a compartir una cara ideal de uno mismo y de la vida que llevamos, por lo que lo que muchas veces se tiende a mostrar una imagen adulterada y muchas veces manipulada en estos perfiles públicos que no se corresponde a la realidad y, al mismo tiempo, a compararse constantemente con otros usuarios, lo que puede provocar problemas de inseguridad y baja autoestima.

Si a esto le añadimos la contemplación constante de actividades que la mayoría no puede llevar a cabo, la exhibición de objetos materiales que no están al alcance de todos los bolsillos, físicos espectaculares que no todos podemos esculpir a base de gimnasio o lugares fantásticos que la mayoría no visitaremos, todo esto se puede traducir en sentimientos de fracaso o la sensación de que no se está aprovechando la vida. Asociar, por otro lado, el número de ‘me gusta’ al reconocimiento social generará dependencia y una caída en picado de la autoestima.