«La regulación de la ira como estrategia para prevenir la violencia debería ser uno de los objetivos educativos prioritarios»

Considerado uno de los mayores expertos en educación emocional de España, Rafael Bisquerra lleva treinta años empeñado en sensibilizar sobre la importancia y la necesidad de ahondar en el mundo de las emociones como herramienta fundamental para el crecimiento de las personas. Catedrático de Orientación Psicopedagógica, Licenciado en Pedagogía y en Psicología, fundador y primer director del GROP (Grup de Recerca en Orientació Psicopedagògica), preside la Red Internacional de Educación Emocional y Bienestar (RIEEB), que estos días coordina junto a la Fundación Educaixa, el ciclo Educaixa Talks Emociona sobre en desarrollo de las competencias emocionales en las escuelas. De educación, regulación emocional y la importancia de ambas para la prevención de problemas como la ansiedad o la ira charlamos en esta entrevista.

Como experto en educación emocional siempre ha hecho hincapié en los extraordinarios cambios y avances que experimentan los niños en la etapa 0 a 6 años. Aunque hay numerosas evidencias de que este periodo es fundamental, ¿por qué cree que la educación infantil sigue ocupando un papel secundario para las instituciones?

Yo creo que es una tradición. La educación se ha entendido tradicionalmente como la cognición y empieza cuando un niño está psicológicamente preparado para iniciar el aprendizaje de la lectura y la escritura. Se ha dado este sesgo estrictamente cognitivo y, por eso, todo lo que no es cognitivo no se ha tenido en cuenta prácticamente en la educación. Por esta misma razón, los aspectos emocionales, que son fundamentales en los primeros seis años de vida, no forman parte del currículum obligatorio y así nos va. Desde la RIEEB (Red Internacional de Educación Emocional y Bienestar) lo que nos proponemos es sensibilizar y concienciar a las familias, al profesorado, a la sociedad y a la clase política de la importancia de atender la educación emocional desde el nacimiento.

También señala algo muy interesante: el papel de las familias en la educación de las emociones. La importancia de involucrarse y no pensar que llevando a los niños al colegio está todo hecho. ¿Por dónde deberían empezar los padres para afrontar desde el punto de vista de las emociones la educación de sus hijos?

En primer lugar por sensibilizarse de la importancia y la necesidad de la educación emocional. En segundo lugar, formarse para poder relacionarse con sus hijos de tal forma que toda relación sea un proceso de aprendizaje, porque los adultos con los que interviene el niño – principalmente padre, madre y profesorado- son modelos de comportamiento. Nos guste o no, el niño va a aprender mucho más de lo que ve hacer a los adultos que de lo que los adultos dicen que haga. Los adultos tenemos que entrenarnos en paciencia, tenemos la impulsividad a flor de piel y ante las reacciones, las rabietas de los niños… tenemos una predisposición a reaccionar impulsivamente con lo cual lo que hacemos, sin ser conscientes, es contribuir a aumentar la ira y la agresividad. Romper esta espiral significar formarnos, educarnos y entrenarnos en paciencia. Y una estrategia muy efectiva son las técnicas de relajación, meditación, respiración consciente y mindfulness. El entrenamiento diario en estas técnicas ayuda muchísimo y de esto hay evidencias aportadas por las investigaciones científicas y por la neurociencia, que son muy sólidas en marco de fundamentación.

Defiende usted que todas las emociones son legítimas y que el problema no es que el niño las sienta sino cómo las gestiona. Sin embargo, muchos padres sienten cierto pudor a hablar de ciertas emociones negativas con sus hijos o, incluso, a que sus hijos las manifiesten. Como padres, ¿cómo podemos ayudar a nuestros hijos a expresar y regular este tipo de emociones negativas?

Esto es un elemento muy importante de la educación emocional. Todos, tanto adultos como niños, debemos ser conscientes de que estamos indignados, nos sentimos ofendidos y tenemos derecho a estar enfadados pero de esta consciencia de lo que nos está pasando lo que no podemos permitirnos es comportarnos de forma inapropiada, impulsiva y agresiva, porque somos responsables de lo que hacemos con nuestras emociones. Y de esto somos responsables los adultos porque los niños deben aprender y solamente este detalle es uno de los aprendizajes más difíciles que podemos tener en nuestra vida. Transformar nuestra impulsividad en un comportamiento regulado es de las competencias más difíciles de adquirir. Mucho más, incluso, que resolver cualquier problema o aprender cualquier contenido del currículum académico ordinario.

¿Cree que el reciente confinamiento nos ha sacado los colores respecto a las carencias en cuestiones de educación emocional que todavía tienen las escuelas?

En la educación emocional hace mucho tiempo que algunos estamos insistiendo, yo personalmente desde hace 30 años, pero sí que reconozco que estos meses de coronavirus han aportado un contexto que ha facilitado la sensibilización de la importancia de atender a las emociones. La enfermedad y el confinamiento han permitido una experiencia sobre todo de miedo, ansiedad, a veces, incluso de desesperanza y en ocasiones próxima a la desesperación. Y los niños, antes de pasar a desarrollar los conocimientos cognitivos propios de la escolaridad obligatoria; en primer lugar necesitan una estabilidad emocional, un equilibrio, una predisposición emocional favorable al aprendizaje. Esta experiencia nos ha servido para darnos cuenta de que si no se dan unas condiciones emocionales favorables el aprendizaje no se produce.

En lo que respeta al desarrollo emocional, usted es partidario de utilizar el método preventivo durante la niñez para evitar males mayores y diversos problemas en la edad adulta. ¿Cuáles son los mayores riesgos a los que se enfrenta un individuo que no haya trabajado las emociones desde la infancia?

Yo diría insistir en dos palabras claves: prevención y desarrollo. ¿Prevención de qué? Pues prevención de ansiedad, estrés y depresión porque la prevalencia que tenemos en este país y en la mayoría de países del mundo llega a ser alarmante. En España se consumen 40 millones de paquetes de antidepresivos al año y 45 millones de paquetes de ansiolíticos al año. Esto supone del orden de 700 millones de euros al año. Aquí hay un negocio, siento decirlo tan claramente, y en cambio en la prevención no hay negocio. Hemos de tomar conciencia de cómo funcionan una sociedad, unas organizaciones y una política centradas exclusivamente en el desarrollo material, que es muy importante, pero sin tomar en cuenta el desarrollo integral, que incluye el desarrollo de competencias emocionales para favorecer la convivencia, el rendimiento, el aprendizaje y el bienestar.

Cuando hablamos de prevención incluimos prevención de ansiedad, estrés, depresión, violencia, acoso escolar, comportamiento de riesgo, consumo de sustancias… Y la forma de prevenirlos es a través del desarrollo de competencias: competencias emocionales, de consciencia emocional, regulación emocional, autonomía emocional, habilidades sociales, habilidades de vida y bienestar consciente. Cuando una persona ha desarrollado la competencia del bienestar consciente ésta es la mejor prevención que podemos hacer de cualquier comportamiento de riesgo. Porque comportamientos como la ansiedad, el estrés, la depresión, la violencia, el consumo de drogas… tiene su origen en el malestar.

Usted señala que la violencia es uno de los problemas más importantes del mundo actual y que un buen vehículo para controlarla es trabajar la tolerancia a la frustración. ¿Cómo podemos conseguirlo?

En primer lugar hay que aceptar que la frustración va a ser inevitable en nuestras vidas. La mayoría de las frustraciones tienen que ver con dos contextos. El contexto profesional, de aprendizaje, estudios, suspensos, no lograr un trabajo, perder un empleo… Y el contexto de las relaciones afectivas: las que tenemos respecto a la pareja, los padres, a los amigos, a los hijos… Son frustraciones que nos hacen sentir de alguna forma insatisfechos y cuando una persona experimenta frustración, esta va acompañada inmediatamente de otra emoción, que según las circunstancias y las características de personalidad en unos casos será ira y en otros será tristeza. Y si es ira predispone al enfado, la violencia, la agresividad… Por lo tanto, es muy importante aprender a regularnos porque una parte importante de la violencia se origina en frustraciones, que activan comportamientos que nos espantan.

Una parte importante de la violencia de género, que nos cuesta al año en España más de 60 mujeres muertas a manos de sus parejas, tiene muchísimo que ver con esto. De hecho, una parte importante de cualquier tipo de violencia tiene que ver con esto. De ahí la importancia de atender a regular nuestras emociones, de regular la ira. Solamente la regulación de la ira como estrategia para prevenir la violencia debería ser uno de los objetivos educativos prioritarios en cualquier sistema educativo. Es fácil de decir pero muy difícil de poner en práctica porque requiere entrenamiento en relajación, meditación, mindfulness, respiración, dinámicas de grupo… Entrenamiento continuo para llegar a automatizar procesos que son por naturaleza impulsivos por lo que hay que sustituir este automatismo por otros automatismos completamente diferentes. Y esto, además, en un mundo donde parece que se valora más la agresividad que el respeto.

En todo esto también tiene un papel muy importante el desarrollo de la empatía.

Totalmente. Una medida preventiva de alta eficacia es el desarrollo de la empatía, la capacidad para sentir la emoción que siente la otra persona. La empatía de un estudiante de 12 años ante otro compañero que es víctima del acoso escolar, por ejemplo, hace que el espectador solamente viendo y sabiendo que el compañero es víctima se sienta mal y le predisponga a un comportamiento de compasión y de ayuda para superar esta situación. Pero esto hay que desarrollarlo a través de procesos de aprendizaje y ha estado completamente ausente de la educación a lo largo de la historia, no solo por ignorancia sino de forma intencional y sistemática. Pensemos que hasta después de la Segunda Guerra Mundial prácticamente todos los hombres se han visto implicados en algún momento de su vida en alguna guerra. Una persona que tiene que estar en primera linea de combate no puede sentir empatía, se le tiene que educar para anularla y para comportarse de forma diametralmente opuesta a cualquier manifestación empática. Esto puede sonar muy fuerte pero así ha sido, fundamentalmente, la historia de la humanidad y en el siglo XXI la educación tiene el reto de reconvertir lo que ha sido la historia de la educación para hacer posible la convivencia en paz y en democracia entre países, culturas, religiones, lenguas, etnias… La diversidad provocará conflictos pero que de estos no derive la violencia.