Cómo guardar y conservar los bulbos de las plantas durante el invierno para replantarlos en primavera

Con la llegada del otoño y el fin del periodo de floración de muchas plantas puede que a los menos doctos en jardinería les asalte la misma duda: ¿qué hacemos con ellas cuando empiezan a secarse y morir? Cuando se trata de plantas bulbosas como las calas, las dalias, las begonias, los gladiolos, los tulipanes y muchas otras; los llamados “bulbos blandos” se pueden (y se deben) desenterrar y almacenar. Esto nos va a ayudar a protegerlos del exceso de frío, la humedad y las heladas del invierno – que casi con toda seguridad acabará por dañarlos y pudrirlos si los mantenemos dentro de la tierra- y, además, proporcionarles una nueva vida la próxima primavera.

¿Es complicada esta tarea? ¿Qué pasos debemos dar para conservarlos de manera correcta hasta la siguiente estación de la flores? Estas son las recomendaciones más importantes para ponerse en marcha:

¿Cuándo sabremos que ha llegado el momento adecuado para sacarlos de la tierra? La propia planta nos dará esta información. A medida que el mal tiempo hace acto de presencia y descienden las temperaturas la planta empezará a secarse y ponerse de color amarillo. Es importante aguardar a que el follaje se haya secado casi por completo porque mientras esté verde las hojas siguen transmitiendo nutrientes a los bulbos y es importante que acumulen el máximo posible para que la planta vuelva a florecer.

Con mucha delicadeza excavaremos alrededor de la planta dejando una distancia de varios centímetros respecto al tallo para no dañar el bulbo ni las raíces. Podemos ayudarnos de una pala u horquilla.

Una vez desenterrados todos los bulbos debemos proceder a su secado antes de guardarlos para que eliminen el exceso de humedad acumulado dentro de la tierra. Si tenemos la suerte de que nos acompañe el buen tiempo podemos dejarlos sobre papel de periódico al sol o bien dentro de casa durante uno o dos días. Es muy importante comprobar que tanto la tierra que tiene alrededor como el bulbo se han secado completamente antes de continuar con el siguiente paso.

Una vez secos podemos seguir limpiando los bulbos de cualquier resto de tierra utilizando un cepillo de dientes viejo o un pincel. En este momento hay que realizar también una preselección y revisión de los bulbos, apartando todos aquellos que veamos podridos, huecos, muy blandos o dañados. Esta se convertirá en la forma más eficaz de evitar que dañen a otros “compañeros”. Además, si alguno de ellos se ha reproducido y tiene hijos, debemos separarlos y de esta manera conseguiremos nuevas plantas el próximo año.

Una vez seleccionados todos los bulbos en buen estado hay que conservarlos de forma individual envolviendo cada uno de ellos en papel de periódico. El papel cumple una triple misión: absorbe cualquier resto de posible humedad, permite que los bulbos se aireen y además les protege de los demás si alguno se pudre o estropea una vez guardado.

Cuando todos estén envueltos de forma individual procederemos a guardar los bulbos de la misma planta en una caja de cartón o madera. Podemos añadir bolas de papel de periódico para separarlos por capas. Aunque en el momento del almacenado tengamos muy claro qué plantas tenemos hay que pensar que van a pasar meses hasta que las volvamos a plantar, por lo que se recomienda identificarlas de alguna forma: una etiqueta o pegatina con su nombre y color, una fotografía de la planta en flor…

Si no hay otro remedio, dentro de casa pero este tampoco es el lugar más recomendable. ¿Por qué? Porque con el calor de la calefacción los bulbos podrían llegar a germinar. Lo ideal sería una zona seca y fresca donde la temperatura no supere los 10 grados y tampoco baje de 0 grados: un garaje, un sótano o trastero sin calefacción, una parte cubierta de una terraza resguardados dentro de un armario…

No se trata de almacenar los bulbos y desentenderse de ellos durante todo del invierno. De forma regular conviene abrir las cajas, comprobar que no hay ninguna mancha de humedad en ella o en los envoltorios y desechar aquellos bulbos que hayan podido estropearse desde que se guardaron.