Madame Libélula

Cynthia Longfield Roberts, conocida como 'Madame Libélula', con una colección de insectos en octubre de 1947.
Cynthia Longfield Roberts, conocida como ‘Madame Libélula’, con una colección de insectos en octubre de 1947.Royal Irish Academy Library @Library_RIA

Cynthia Longfield (1896-1991) fue una autoridad en lo que respecta al estudio de las libélulas. A tanto llegó su fama que se la conocía con el simpático apelativo de Madame Libélula.

Armada con su red cazamariposas y vestida de exploradora, Madame Libélula viajó por todo el continente americano; incluso se internó en el Mato Grosso, machete en mano, con el firme propósito de conseguir ejemplares de estos insectos cuyos orígenes datan del periodo Carbonífero. Porque las libélulas habitaban la tierra desde mucho antes que apareciesen los dinosaurios.

Estos curiosos insectos de corta vida, que llevan ejecutando su danza en el aire desde que el mundo es mundo, tuvieron su ascendiente en la Meganeura, una libélula gigante, denominada así por los numerosos nervios que cruzaban sus alas. La Meganeura es considerada como el insecto más grande que ha existido en la Tierra. Además, durante millones de años mantuvo su gran tamaño, llegando a alcanzar los 75 centímetros de longitud.

Pero que alcanzase un tamaño tan grande tiene fácil explicación, pues, al igual que les sucedía a los demás insectos, su tamaño tenía que ver con el oxígeno. En aquellos tiempos, el porcentaje de oxígeno en nuestro planeta era más elevado que ahora, por lo cual, los insectos poseían mayor número de tráqueas, un sistema respiratorio basado en una red de tubos que recorren el interior del cuerpo para distribuir el oxígeno por todos los tejidos del organismo. Esta es la razón del tamaño de la Meganeura.

Las Meganeuras fueron menguando hasta convertirse en los vivaces insectos que hoy en día podemos contemplar cerca de los charcos y de las aguas pantanosas

Lo que hoy se sabe de este insecto se lo debemos a los restos fósiles hallados a finales del siglo XIX en las minas de carbón de Commentry, en Francia. Reconstruyendo el bicho, se ha podido comprobar que no solo se alimentaba de otros insectos, sino que también consumía reptiles y pequeños anfibios. Luego, con el paso de los años, las Meganeuras fueron menguando hasta convertirse en los vivaces insectos que hoy en día podemos contemplar cerca de los charcos y de las aguas pantanosas.

Llevada por estos y otros aspectos de las libélulas, Cynthia Longfield se rebeló a un padre autoritario que nunca vio con buenos ojos que su hija se dedicase a perseguir insectos por el mundo. Por un lado, ser mujer en una época de misoginia declarada y, por otro, aspirar al hermético mundo científico dominado por los varones, fueron obstáculos a vencer en su vida aventurera. Cuando se le abrieron las puertas de la Sociedad Entomológica de Londres, la supremacía del heteropatriarcado recibió su golpe al hígado. Fue la primera mujer en ingresar en esta institución, rompiendo, con ello, el carácter machista de la misma.

La historia de Cynthia Longfield es una historia de lucha, vocación y también de amor

La historia de Cynthia Longfield es una historia de lucha, vocación y también de amor, por qué no. El hombre de su vida, fue el inquieto científico Cyril L. Collenette, al que conoció en una expedición a las islas de los mares del Sur donde se enroló como entomóloga. Solo dejó de viajar cuando estalló la II Guerra Mundial que, como mujer de acción, la pasó en el cuerpo de bomberos. Cuando los aviones nazis bombardearon Londres, defendió con una manguera el Museo de Historia Natural. Sus peripecias nos las cuenta el biólogo Xavier Sistach, en un libro didáctico y jugoso a la par. Se titula Pasión por los insectos: ilustradoras, aventureras y entomólogas (Turner).

Fue la suya, una vida vivida con la plenitud de una mujer que se identifica con la utopía hasta tal punto que, para alcanzarla, fue capaz de abrirse paso a machetazos por la selva. Porque la utopía se presenta de múltiples formas y a Cynthia Longfield se le presentó en forma de insecto danzarín.

El hacha de piedra es una sección donde Montero Glez, con voluntad de prosa, ejerce su asedio particular a la realidad científica para manifestar que ciencia y arte son formas complementarias de conocimiento.

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