Cómo evitar un segundo confinamiento

Agentes de la Policía en un control instalado a la entrada a la capital asturiana por la autopista A-66.
Agentes de la Policía en un control instalado a la entrada a la capital asturiana por la autopista A-66.Alberto Morante / EFE

Vamos hacia un nuevo confinamiento. ¿Es inevitable? Yo creo que no. Pero para evitarlo, hace falta cambiar la aproximación al problema. Antes que nada, debemos dejar de centrarnos exclusivamente en el lado sanitario del problema. Tiene muchas más aristas. Por eso no funciona la estrategia de rastreo y confinamiento de positivos y aislamiento de contactos directos. Hay muchas personas que no pueden permitirse permanecer en sus casas porque su situación económica es muy mala. Otras no lo harán por pura fatiga o porque satisfacer un deseo presente palpable es más estimulante que afrontar una amenaza etérea. Por fin, todos sabemos que hay quienes niegan incluso la existencia del virus. Sería extraño que cumplieran voluntariamente las recomendaciones de salud pública.

¿Por qué la estrategia no tiene estos factores en cuenta? Probablemente, porque no estábamos preparados para afrontar una patología que permite a los asintomáticos (y a algunos sintomáticos empapados en antipiréticos) hacer una vida normal sin que nadie detecte su peligrosidad. Tampoco tenemos modelos para un virus que golpea de manera enormemente diferente a unos grupos de edad y otros. La mala fortuna ha querido que quienes sufran menos sus consecuencias sean, precisamente, los que suelen tener (y necesitar) una vida social más activa. Las campañas, el mensaje, centrado habitualmente en la solidaridad, no están cuajando bien. Pueden, de hecho, ser hasta contraproducentes.

¿Y si introducimos sanciones ejemplarizantes en la ecuación? Suena bien, pero funcionará mal, me temo. Convertiría rápidamente a quien cooperase con un rastreador en un delator. E incentivaría pequeñas vendettas con los conocidos y vecinos que nos generen poca simpatía. Y eso sin contar con la dificultad de controlar a miles de personas con los medios de los que disponemos respetando las garantías de un Estado de derecho. Y culturalmente no somos China, ni Vietnam, ni Singapur. Conviene recordarlo.

“Pongamos controles de acceso a los espacios cerrados que sólo puedan traspasar quienes demuestren que no contagiarán al resto”

El resultado final de esta suma de factores es que no hay forma de evitar que haya portadores de virus entre nosotros. Basta con que algunos provoquen eventos de supercontagio en entornos proclives a tal fin para que tengamos serios problemas. En estas circunstancias, parece que sólo es posible resetear el sistema con un confinamiento como el de marzo-abril. El problema es que esto nos puede matar económicamente, por no mencionar que acabaría de fundirnos psicológicamente. En confinamientos, como en guerras mundiales, puede haber un segundo o un tercero como máximo. El siguiente sería ya a pedradas.

Creo que existe una alternativa a esta estrategia que convendría probar. La clave para parar la pandemia es, como dice la OMS, hacer test, muchos test. Pero un cribado masivo, sin más, no sirve, porque no asegura que las personas se comporten de acuerdo con los resultados obtenidos. Eso es precisamente lo que hay que incentivar. Y la mejor manera de hacerlo es cambiar la perspectiva. Dejemos de centrarnos sólo en las personas. Miremos a los espacios. Pongamos controles de acceso a los espacios cerrados que solo puedan traspasar quienes demuestren que no contagiarán al resto. De este modo conseguiremos muchas cosas: reducir el número de personas aisladas, ampliar espacios y asegurar que los positivos no propaguen la enfermedad. A eso hay que sumar que cuantas más personas tengan certificados en vigor, más factible será que acaben imponiéndose en las reuniones familiares y sociales, que son las que más propagan el virus.

¿Cómo puede conseguirse esto? Lo más sencillo sería obligando a cualquiera que desee entrar en un espacio seguro a hacerse una prueba, naturalmente subvencionada por el empleador o las Administraciones públicas, para evitar problemas de equidad. Esto es inviable en el caso de las PCR por el tiempo que requieren y engañoso en el caso de una prueba de antígenos que, si no se realiza cada tres días (máximo), da muchos falsos negativos. No, la opción ha de ser un sistema centralizado de realización de pruebas, siempre subvencionadas. Tendríamos que crear centros homologados (como las farmacias o los centros de salud) que dieran fe de las fechas en que se ha realizado un test (con resultado negativo) a través de un dispositivo electrónico asociado a una persona concreta. Ese certificado sería la llave a mostrar en cada punto de acceso. De este modo, reduciríamos los dos principales problemas: el coste en tiempo y en dinero de las pruebas.

Obviamente, un sistema de este tipo es complejo logísticamente, pero no imposible. También es caro, muy caro, aun utilizando pruebas PCR en grupo (unos 7-8 euros por prueba) o test de antígenos a 5 euros. Difícil sostenerlo a largo plazo… Si se piensa como método estándar de lucha contra la covid. Pero, de momento (ya veríamos si bajan los precios de los test), no se trata de eso. Se trata solo de evitar un confinamiento, que es muchísimo –realmente muchísimo– más caro.

¿Funcionaría? No se lo puedo asegurar. Es probable que generase algunos incidentes. No hay sistema completamente fiable. También puede ser que exageremos o nos quedemos cortos en la definición de los espacios seguros. O que la logística falle en algún punto. De lo que sí estoy seguro es de que en una situación tan desesperada como esta, merece que le demos una vuelta.

Iñigo de Miguel Beriain es Investigador Distinguido en la UPV/EHU y profesor de Investigación Ikerbasque.

Puedes seguir a MATERIA en Facebook, Twitter, Instagram o suscribirte aquí a nuestra newsletter.