Todo lo que hay que saber sobre el ictus: ¿qué es, a quién afecta y cómo detectarlo y prevenirlo?

Una de cada seis personas sufrirá un ictus a lo largo de su vida, una enfermedad que representa la segunda causa de muerte en España, la primera entre las mujeres. A pesar de que la prevalencia entre la población es muy alta y se prevé que aumente en los próximos años, debido al envejecimiento de la población y al hecho de que la edad es un factor de riesgo, los expertos recuerdan que esta patología es evitable en un 85% de los casos.

Con motivo del Día Mundial del Ictus, 20minutos ha hablado con el doctor Óscar Ayo, neurólogo en la Unidad de Ictus del Complejo Hospitalario Universitario de Albacete. El experto, que es también vocal del Grupo de Estudio de Enfermedades Cerebrovasculares de la Sociedad Española de Neurología, ha detallado las principales características de esta enfermedad, que puede es «cualquier daño en el cerebro producido por una alteración en la circulación de la sangre en las arterias y venas que llegan a este órgano».

Normalmente, cuando hablamos de ictus, por defecto, nos referimos a los ictus isquémicos, que son el 85% de los casos y consisten en una obstrucción de una de las arterias que lleva la sangre a alguna zona del cerebro, ya sea una embolia, un trombo, que hace que a una zona del cerebro no le llegue la sangre. Si eso se mantiene, aparte de dejar de funcionar, finalmente se va a dañar irreversiblemente y va a hacer un infarto cerebral. En el otro 15%, el problema se trata de una hemorragia, un vaso del cerebro se rompe, sale la sangre y daña el cerebro.

Muy alta. En España estamos dentro de valores similares a los de la mayoría de países Unión Europea: según las regiones, entre 170 y casi 300 casos por 100.000 habitantes al año. A lo largo de la vida, una de cada seis personas va a sufrir un ictus. Como la población está cada vez más envejecida y la edad es un factor de riesgo, se estima que la frecuencia irá subiendo con los años.

Como un factor de riesgo es la edad, la inmensa mayoría se dan en personas mayores, 70, 80, 90. Lo cual no significa que no pueda producirse en personas de cualquier edad, incluso bebés. Cuanto más joven, menos probabilidad. Aproximadamente, un 25% de los ictus que atendemos está en pacientes de 50 años o menos.

Este número está cambiando constantemente. Al mirar las series de finales del siglo XX y principios del XXI, estábamos hablando de una mortalidad hospitalaria de alrededor del 10% y, en los tres primeros meses, entre el 15 y el 20% según los países. La cifra ha bajado y sigue bajando año tras año drásticamente, porque los tratamientos cada vez son mejores.

Muchos de los pacientes no tienen ningún dolor, aunque puede haberlo y, en algunos casos, el peor que la persona haya experimentado. Sin embargo, en la mayoría de los casos, el afectado tendrá uno de estos síntomas: se le torcerá la comisura de la boca, empezará a pronunciar mal (como el que está borracho) o no podrá decir palabras. Otros síntomas son que pierda la fuerza o la sensibilidad en una parte del cuerpo, normalmente en la mitad derecha o izquierda. Y todo esto pasa de forma súbita.

Lo más importante es llegar cuanto antes a un hospital preparado para atender un ictus, porque es una enfermedad ‘tiempo-dependiente’ y el margen para tratarlo son horas (entre cuatro y media y ocho). Ahora, los sistemas de remisión de pacientes a unidades especializadas funciona muy bien. Por eso, la mejor recomendación es llamar al 112.

Los factores de riesgo, además de la edad, son los clásicos que dañan la circulación: la hipertensión arterial, la diabete mellitus, la hipercolesterolemia y los tóxicos, como el tabaquismo, el alcohol y las drogas, sobre todo la cocaína, que está detrás de un porcentaje no pequeño de casos entre jóvenes. Y, además, la obesidad y hábitos de vida como el sedentarismo o una dieta desequilibrada… También la contaminación ambiental. Se calcula que un 85% de los ictus serían explicados por esos factores en los que podemos intervenir. El ictus, aunque es muy frecuente, es una patología que es evitable.

Precisamente hay que actuar sobre estos factores de riesgo: controlar los valores de presión sanguínea en el caso de las personas hipertensas, evitar glucemias descontroladas en los diabéticos, mantener el colesterol en los niveles adecuados, cambiar a una dieta mediterránea y huir de una hipercalórica… Además, es preciso llevar una vida activa, con ejercicio físico frecuente y abandonar los hábitos tóxicos.

La respuesta es parecida a la de la mortalidad. A principios de los 2000, al menos la mitad de los pacientes quedaban con secuelas que les limitaban o que eran graves o incluso fallecían. Hoy por hoy las cosas van cambiando y el pronóstico de los afectados es mejor y mejor gracias a los nuevos tratamientos. Más del 60% de los afectados terminan siendo independientes al cabo de un periodo de tiempo, que suele ser de tres meses. Entre las secuelas más frecuentes están las motoras, como la pérdida de la fuerza o la sensibilidad o la parálisis, y las del habla. En muchos casos mejoran con la rehabilitación.

En primer lugar, los ictus se presentaron como una complicación de la COVID-19. No era la más frecuente, pero existía. Además, los pacientes con ictus asociados al coronavirus estaban especialmente graves y tenían una tasa de mortalidad más alta y más secuelas, en comparación con los casos vinculados a las causas convencionales. Además, algunos afectados por esta enfermedad cerebrovascular dejaron de acercarse al hospital por miedo. También el manejo en los centros se truncó, algo que ahora, en la segunda ola, se ha normalizado.