El Amazonas de Javier Reverte

El escritor Javier Reverte, durante la presentación de su novela 'Confines' el 8 de mayo de 2018.
El escritor Javier Reverte, durante la presentación de su novela ‘Confines’ el 8 de mayo de 2018.Eduardo Parra / Europa Press

Hay muchas maneras de estar vivo y Javier Reverte eligió la más vital de todas, la de patearse el mundo de punta a punta para después contarlo por escrito. En uno de sus viajes por el Amazonas, un mosquito le transmitió el parásito que produce malaria. Lo cuenta en su libro El río de la Desolación.

A pesar del calor reinante en el barco, el frío que sentía le hacía tiritar. Bajó a la sala de máquinas para intentar recuperar la temperatura corporal. Pero ni por esas. Llevaba más de una semana con la enfermedad a cuestas y sus riñones habían dejado de funcionar. “No pensé en la muerte en ese momento», cuenta Javier, «me encontraba incapacitado para tener ningún tipo de idea”. En sus alucinaciones creyó ver el protozoo de la malaria: “Un bicho en forma de pera, blando, grasiento, ciego… que avanzaba dentro de mí, haciendo estallar glóbulos rojos, como si jugara con ellos, para luego devorarlos. Yo no lo sentía enemigo ni desagradable. Hacía bien su trabajo, eso era todo”.

El bicho del que hablaba Javier en su libro tiene nombre y apellido. Se trata del Plasmodium falciparum y es el único capaz de producir malaria cerebral, causando la muerte en la mayoría de los casos. Un huésped maligno que jugaba con sus glóbulos rojos. Javier siempre bromeaba al respecto, y decía que lo que de verdad le había salvado la vida había sido su afición por el gin-tonic, pues gracias al agua tónica del combinado, su organismo tenía más reservas defensivas que cualquier otro. Mirándolo de manera científica, Javier Reverte no andaba descaminado, pues la tónica se hace con quinina -de ahí su sabor amargo- y las propiedades de la quinina eran conocidas por los indígenas desde tiempos remotos para hacer frente a la malaria.

Fue en el reinado de Carlos III cuando las expediciones botánicas se multiplicaron por el continente americano

Fue en el reinado de Carlos III cuando las expediciones botánicas se multiplicaron por el continente americano. Dirigida por Hipólito Ruíz, la expedición al Virreinato de Perú recogió muestras y recopiló estudios acerca de las propiedades curativas de ciertas plantas. En sus crónicas se hace referencia al uso de la quinina, descubierta por los nativos después de una tormenta, cuando un rayo tumbó un árbol de la quina que acabó hundido en las aguas del lago donde los indígenas bebían. Fue entonces cuando los indígenas se dieron cuenta de las propiedades sanadoras de aquellas aguas. Algunos enfermos de fiebres maláricas mejoraron tras beberlas.

La ciencia nos enseña que la quinina es uno de los cuatro alcaloides que se encuentran en la corteza de los árboles del género Cinchona. Se aisló en 1820 por los investigadores franceses Pierre Joseph Pelletier y Joseph Bienaimé Caventou quienes durante años buscaron un remedio eficaz para luchar contra la malaria y, al final, lo encontraron en este árbol de la selva lluviosa de Amazonia.

Javier Reverte afirmaba que a él le salvó la vida un tal Jacob Schweppe, relojero alemán afincado en Suiza y hombre con vicios de químico

Por eso no andaba muy descaminado Javier Reverte cuando recordaba su peripecia en el Amazonas, y afirmaba que a él le salvó la vida un tal Jacob Schweppe, relojero alemán afincado en Suiza y hombre con vicios de químico. En sus ratos libres, Schweppe se dedicó a experimentar con la gasificación a partir del dióxido de carbono del agua mineral, dando nombre a la famosa tónica que hoy es marca registrada. “A ver si escribes algo sobre él, Monti, que yo ando en otras cosas” me comentó Javier una de las veces que atravesábamos la Gran Vía de Madrid, señalando de barbilla el edificio Capitol, donde los neones encendían el letrero luminoso de la Schweppes.

Hay muchas maneras de estar vivo pero solo una manera de estar muerto, por eso, hoy, para revivir la memoria del viajero, tocaba contar aquel episodio en el que el viajero estuvo a punto de perder la vida.

El hacha de piedra es una sección donde Montero Glez, con voluntad de prosa, ejerce su asedio particular a la realidad científica para manifestar que ciencia y arte son formas complementarias de conocimiento.

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