Siete síntomas que pueden hacernos sospechar que nuestra relación de pareja está atravesando una crisis

Creer que la vida en pareja va transcurrir como una balsa de aceite no es realista. A lo largo de los años, las crisis pueden aparecer de forma regular y no son sinónimo de ruptura sino de que hay que adaptarse a los cambios o nuevas etapas. En manos de cada uno está, por supuesto, decidir si se quieren superar juntos o, si por el contrario, ha llegado el momento de seguir el rumbo en solitario. Sea lo uno o lo otro, estas son siete señales que, según los especialistas, pueden indicarnos que algo no marcha como es debido y que hay que actuar cuanto antes si queremos dar un nuevo impulso a la relación:

Si no somos capaces de ponernos en el lugar del otro ni somos comprensivos con sus debilidades y necesidades de la misma forma que al inicio de la relación, algo no está funcionando correctamente. Si el apoyo emocional y la confianza mutua dejan de existir y en su lugar se instaura la crítica constante va a ser muy difícil que la pareja se mantenga.

Es básico para toda pareja que cada uno de sus miembros tenga tiempo para uno mismo, para sus propias aficiones y su círculo social pero si la balanza empieza a inclinarse más hacia ese lado y los planes con nuestro compañero de vida ya no nos apetecen tanto y empiezan a reducirse, espaciarse o, incluso, desaparecer el peligro es inminente. Los momentos de intimidad y compartidos son básicos en cualquier etapa de la relación para mantener la llama.

Obviamente las relaciones sexuales pueden disminuir por muy diversos motivos: una enfermedad, la llegada de un hijo, etapas de mucho trabajo o con alguna preocupación importante… pero si no hay un motivo aparente para que esto ocurra, la falta de sexo puede ser síntoma de que la relación sufre alguna fisura bien por rutina, bien por monotonía o bien por estrés que está convirtiendo la situación en un círculo vicioso.

Al igual que el sexo y los planes en común, la comunicación es otro de los grandes pilares de una relación. Si ambos miembros cuidan este aspecto, se expresan cuando tienen una inquietud y escuchan lo que el otro tiene que decirle, estarán sentado las bases para el futuro. Sin embargo, si cada vez nos cuesta más decirle las cosas al otro, si estamos apáticos e indiferentes o, por el contrario, abusamos de las discusiones, son síntomas que pueden estar advirtiéndonos de que la pareja se está resquebrajando.

Si nada nos motiva. Si no tenemos ganas de solucionar las cosas después de una discusión. Si prima una actitud indiferente hacia el otro. Si no nos ilusionan sus logros (e incluso nos enfadan) ni nos implicamos en los asuntos comunes de la pareja. Si la rutina nos domina. Si nos dejamos llevar (o mas bien arrastrar) por la relación como si no fuésemos uno de los dos protagonistas… Alerta roja, algo está empezando a fallar. Creer que el simple paso del tiempo lo solucionará es un craso error.

Si hubo un tiempo en que la pareja era ese refugio perfecto para desahogarse, para contarse los secretos de ambos, para confesar los anhelos más profundos… pero alguna circunstancia ha provocado que esa confianza se pierda, la relación entra en una etapa de serio peligro. La desconfianza y la falta de comunicación pueden hacer, además, que los celos se instauren en el día a día.

Tan perjudicial es la apatía como las ganas de gresca. Si nuestra pareja aprovecha cualquier circunstancia para convertir un grano de arena en una montaña de malos rollos, la relación, sin duda, se encuentra en horas bajas. Sentirse irascible con nuestro compañero de forma frecuente es síntoma de que algo no va por el camino correcto.