El néctar de los burrillos

Ilustración de Thomas Docherty para 'Platero y yo'.
Ilustración de Thomas Docherty para ‘Platero y yo’.Anaya

A base de retazos líricos, Juan Ramón Jiménez consiguió recrear la vida de un asno de nombre Platero. Con ello, alcanzó una de las más altas cimas de la literatura escrita en castellano.

Platero y yo es un libro para leer en alto; el sonido y el ritmo de sus palabras nos acarician la oreja desde el primer párrafo, cuando Juan Ramón nos presenta al pequeño, peludo y suave Platero, “tan blando por fuera, que se diría todo de algodón, que no lleva huesos”. En uno de los capítulos titulado Leche de burra, Juan Ramón nos ofrece la estampa de una vieja borriquilla que ya no puede servir como farmacia ambulante por tener secas las ubres.

“Y ahí está la burra, rascando su miseria en los hierros de la ventana, farmacia miserable, para todo otro invierno, de viejos fumadores, tísicos y borrachos…”, escribe Juan Ramón. Porque en aquella época, a principios del siglo pasado, aún era usual beber leche de burra para curar enfermedades bacterianas como la tuberculosis.

Llegados aquí, cabe señalar que uno de los experimentos más certeros con la leche de burra fue el que realizó el pediatra Joseph Marie Jules Parrot (1829-1883) cuando decidió construir un establo en los jardines del Hospice des Enfants Assistés, con el fin de amamantar a los bebés nacidos de madres sifilíticas y, por ello, víctimas de la sífilis congénita.

Epidemias hubo siempre y la búsqueda de remedios en las fuentes naturales ha sido, y es, una constante científica

En aquella época se contaban por miles los bebés abandonados cada año en los hospicios de París. La mayoría llegaban enfermos, pues sufrían sífilis congénita; una infección de transmisión sexual causada por el Treponema Pallidum que se propaga de la madre al hijo. Amamantar a estas criaturas no estaba exento de contagio para las nodrizas.

Fue entonces, cuando el doctor Parrot decidió poner en práctica su teoría curativa, aplicando el método de la lactancia con leche de burra. Los resultados fueron positivos; el doctor Parrot los presentó poco antes de morir en la Académie de Médécine en julio de 1882 y supusieron un salto cualitativo en lo que respecta a mejoras en las recetas de lactancia artificial. Lo cuenta la investigadora Marga Arias en sus Historias de la Medicina.

Por asuntos así, la leche de burra se convirtió en un néctar curativo de uso generalizado en las zonas rurales de Europa. La riqueza vitamínica de la leche de burra (A, B1, B2, B6, D, C y E), no solo hace de ella un alimento nutritivo, sino también un tónico antienvejecimiento para la piel, debido a su combinación de minerales (calcio, magnesio, fósforo, sodio, zinc).

Según dice la leyenda, el secreto de la belleza de Cleopatra residía en los baños de leche de burra. Desde muy tempranas edades de la civilización, la leche de burra se ha venido utilizando como cosmético. Sin ir más lejos, el poeta romano Juvenal nos cuenta que Popea, mujer del emperador Nerón, se hacía acompañar en sus viajes por una manada de burras. De esta manera nunca le faltaba leche para sus baños rejuvenecedores. Al igual que Cleopatra y Popea, la francesa Josefina, mujer de Napoleón, también se bañaba en leche de burra, de ahí la tersura de su piel.

Pero volviendo a Juan Ramón, y al capítulo dedicado a la leche de burra, es posible imaginar aquella época, hace poco más de cien años, cuando la tuberculosis latía en el aire y el miedo al contagio era el mismo que el que ahora sufrimos ante el coronavirus.

Epidemias hubo siempre y la búsqueda de remedios en las fuentes naturales ha sido, y es, una constante científica. Por ello, la literatura médica ha de nutrirse, en su justa medida, de literatura como materia de expresión verbal, ya sea en crónicas históricas o en relatos ficticios que reflejen las costumbres curativas de tiempos pasados. Lo de Platero y yo con su leche de burra es un lírico ejemplo.

El hacha de piedra es una sección donde Montero Glez, con voluntad de prosa, ejerce su asedio particular a la realidad científica para manifestar que ciencia y arte son formas complementarias de conocimiento.

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